Corteza oceanica y continental

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La corteza continental es la capa de rocas ígneas, sedimentarias y metamórficas que forma los continentes geológicos y las zonas de fondos marinos poco profundos cercanas a sus costas, conocidas como plataformas continentales. Esta capa se denomina a veces sial porque su composición en masa es más rica en silicatos de aluminio y tiene una densidad menor en comparación con la corteza oceánica, llamada sima, que es más rica en minerales de silicato de magnesio y es más densa. Los cambios en las velocidades de las ondas sísmicas han demostrado que, a cierta profundidad (la discontinuidad de Conrad), existe un contraste razonablemente marcado entre la corteza continental superior, más félsica, y la corteza continental inferior, de carácter más máfico.
La corteza continental está formada por varias capas, con una composición global intermedia (SiO2 en peso = 60,6[1]). La densidad media de la corteza continental es de unos 2,83 g/cm3,[2] menos densa que el material ultramáfico que compone el manto, que tiene una densidad de unos 3,3 g/cm3. La corteza continental también es menos densa que la corteza oceánica, cuya densidad es de unos 2,9 g/cm3. La corteza continental, de 25 a 70 km, es considerablemente más gruesa que la corteza oceánica, cuyo espesor medio es de unos 7-10 km. Alrededor del 40% de la superficie de la Tierra[3] y cerca del 70% del volumen de la corteza terrestre es corteza continental[4].

Espesor de la corteza continental

La Tierra tiene tres capas: la corteza, el manto y el núcleo. La corteza está formada por rocas y minerales sólidos. Debajo de la corteza se encuentra el manto, que también está formado en su mayoría por rocas y minerales sólidos, pero salpicado por zonas maleables de magma semisólido. En el centro de la Tierra hay un núcleo metálico caliente y denso.
Las capas de la Tierra interactúan constantemente entre sí, y la corteza y la parte superior del manto forman parte de una única unidad geológica llamada litosfera. La profundidad de la litosfera varía, y la discontinuidad de Mohorovicic (el Moho) -el límite entre el manto y la corteza- no existe a una profundidad uniforme. La isostasia describe las diferencias físicas, químicas y mecánicas entre el manto y la corteza que permiten a ésta “flotar” sobre el manto, más maleable. No todas las regiones de la Tierra están en equilibrio isostático. El equilibrio isostático depende de la densidad y el grosor de la corteza, y de las fuerzas dinámicas que actúan en el manto.
Al igual que la profundidad de la corteza varía, también lo hace su temperatura. La corteza superior soporta la temperatura ambiente de la atmósfera o del océano: caliente en los desiertos áridos y helada en las fosas oceánicas. Cerca del Moho, la temperatura de la corteza oscila entre los 200° Celsius (392° Fahrenheit) y los 400° Celsius (752° Fahrenheit).

La edad de la corteza continental

Salvo quizás para algunos habitantes de islas remotas, la mayoría de la gente tiene una tendencia natural a considerar los continentes como rasgos fundamentales, permanentes e incluso característicos de la Tierra. Se olvida fácilmente que las plataformas continentales del mundo no son más que masas dispersas y aisladas en un planeta cubierto en gran parte por agua. Pero cuando se ve desde el espacio, la imagen correcta de la Tierra queda inmediatamente clara. Es un planeta azul. Desde este punto de vista, parece bastante extraordinario que, a lo largo de su dilatada historia, la Tierra haya podido mantener una pequeña fracción de su superficie siempre por encima del mar, lo que ha permitido, entre otras cosas, que la evolución humana se desarrolle en tierra firme.
¿Es la persistencia de los continentes de gran altura algo fortuito? ¿Cómo surgió la complicada corteza terrestre? ¿Ha estado ahí todo el tiempo, como una guinda primigenia en un pastel planetario, o ha evolucionado a lo largo de los años? Estas preguntas han generado debates que han dividido a los científicos durante muchas décadas, pero la fascinante historia de cómo la superficie terrestre llegó a adoptar su forma actual está ahora esencialmente resuelta. Esa comprensión muestra, de forma sorprendente, que las condiciones necesarias para formar los continentes de la Tierra pueden no tener parangón en el resto del sistema solar.

Diferencias entre la corteza oceánica y la continental

La mayoría de la gente sabe que los océanos cubren aproximadamente el 70% de la superficie de la Tierra. Menos gente se da cuenta de que la corteza bajo los océanos y los continentes es fundamentalmente diferente. La razón de ello sigue siendo un misterio que los científicos aún tratan de resolver.
La corteza oceánica se compone generalmente de rocas de color oscuro llamadas basalto y gabro. Es más fina y densa que la corteza continental, que está formada por rocas de color claro llamadas andesita y granito. La baja densidad de la corteza continental hace que “flote” en lo alto del manto viscoso, formando tierra firme. Por el contrario, la densa corteza oceánica no “flota” tan alto formando cuencas oceánicas más bajas. A medida que la corteza oceánica se enfría, se vuelve más densa y acaba hundiéndose en el manto por su propio peso después de unos 200 millones de años.
En cambio, la corteza continental de la Tierra tiene hasta 4.000 millones de años y se cree que es el producto de procesos de reciclaje geológico mucho más complicados que los que crean la corteza oceánica. Si podemos descifrar y leer la historia relativamente sencilla de cómo se forma la corteza oceánica, quizá algún día podamos descifrar el registro más complejo de cómo se desarrollaron los continentes.

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