Teoria de las esferas

Teoria de las esferas

Música de las esferas kepler

Las esferas celestes, u orbes celestes, fueron las entidades fundamentales de los modelos cosmológicos desarrollados por Platón, Eudoxo, Aristóteles, Ptolomeo, Copérnico y otros. En estos modelos celestes, los movimientos aparentes de las estrellas fijas y los planetas se explican tratándolos como incrustados en esferas giratorias hechas de un quinto elemento etéreo y transparente (quintaesencia), como si fueran joyas engastadas en orbes. Como se creía que las estrellas fijas no cambiaban de posición entre sí, se argumentaba que debían estar en la superficie de una única esfera estelar[1].
En el pensamiento moderno, las órbitas de los planetas se ven como las trayectorias de esos planetas a través de un espacio mayormente vacío. Sin embargo, los pensadores antiguos y medievales consideraban que los orbes celestes eran gruesas esferas de materia enrarecida anidadas unas dentro de otras, cada una de ellas en completo contacto con la esfera de arriba y la de abajo[2] Cuando los estudiosos aplicaron los epiciclos de Ptolomeo, supusieron que cada esfera planetaria era exactamente lo suficientemente gruesa como para acomodarlas[2] Combinando este modelo de esfera anidada con las observaciones astronómicas, los estudiosos calcularon lo que se convirtieron en valores generalmente aceptados en la época para las distancias al Sol: unos 4 millones de millas (6. 4 millones de kilómetros), a los demás planetas y al borde del universo: unos 73 millones de millas (117 millones de kilómetros)[3] Las distancias del modelo de la esfera anidada al Sol y a los planetas difieren significativamente de las mediciones modernas de las distancias,[4] y ahora se sabe que el tamaño del universo es inconcebiblemente grande y está en continua expansión[5].

Diagrama de la esfera celeste

Las esferas celestes, u orbes celestes, fueron las entidades fundamentales de los modelos cosmológicos desarrollados por Platón, Eudoxo, Aristóteles, Ptolomeo, Copérnico y otros. En estos modelos celestes, los movimientos aparentes de las estrellas fijas y los planetas se explican tratándolos como incrustados en esferas giratorias hechas de un quinto elemento etéreo y transparente (quintaesencia), como si fueran joyas engastadas en orbes. Como se creía que las estrellas fijas no cambiaban de posición entre sí, se argumentaba que debían estar en la superficie de una única esfera estelar[1].
En el pensamiento moderno, las órbitas de los planetas se ven como las trayectorias de esos planetas a través de un espacio mayormente vacío. Sin embargo, los pensadores antiguos y medievales consideraban que los orbes celestes eran gruesas esferas de materia enrarecida anidadas unas dentro de otras, cada una de ellas en completo contacto con la esfera de arriba y la de abajo[2] Cuando los estudiosos aplicaron los epiciclos de Ptolomeo, supusieron que cada esfera planetaria era exactamente lo suficientemente gruesa como para acomodarlas[2] Combinando este modelo de esfera anidada con las observaciones astronómicas, los estudiosos calcularon lo que se convirtieron en valores generalmente aceptados en la época para las distancias al Sol: unos 4 millones de millas (6. 4 millones de kilómetros), a los demás planetas y al borde del universo: unos 73 millones de millas (117 millones de kilómetros)[3] Las distancias del modelo de la esfera anidada al Sol y a los planetas difieren significativamente de las mediciones modernas de las distancias,[4] y ahora se sabe que el tamaño del universo es inconcebiblemente grande y está en continua expansión[5].

Pitágoras música de las esferas pdf

Filósofo, laudista y «padre de los números», Pitágoras de Samos sigue siendo un misterio. Hoy en día no se conserva ningún escrito suyo y sus logros sólo nos llegan a través del trabajo de los historiadores y de sus muchos seguidores devotos. Pero sabemos que Pitágoras fue, en cierto modo, el primer físico matemático: sin recurrir a las teorías místicas, se esforzó por explicar el cosmos a través de su teoría ondulatoria de la cuerda en un sistema que llegó a conocerse como musica universalis o «música de las esferas».
Una pintoresca historia (aunque casi seguramente apócrifa) cuenta que la gran teoría de Pitágoras surgió al encontrar cuatro martillos de herrero. Según el Enchiridion Harmonices del siglo II, escrito por el matemático sirio Nicomachus de Gerasa, Pitágoras descubrió los principios de la consonancia y la disonancia al comparar los tonos emitidos por esos cuatro martillos e investigar el peso relativo de cada uno de ellos. Los sonidos del primer y segundo martillo parecían «cantar la misma nota» -una octava- y cuando Pitágoras observó que sus pesos de 12 libras y 6 libras formaban una proporción exacta de 2:1, intuyó que había un patrón en marcha. El tercer martillo que escuchó sonaba una cuarta perfecta con el más bajo de los martillos, mientras que el cuarto martillo sonaba una quinta perfecta, y sus pesos correspondientes de 9lb y 8lb (que formaban proporciones de 4:3 y 3:2 cuando se colocaban junto al gran martillo de 12lb) ampliaban el patrón aún más. Pitágoras volvió a su casa para probar su teoría utilizando cuerdas, explorando estas mismas relaciones de 2:1, 4:3 y 3:2, pero ahora comparando la longitud de las cuerdas y el tono que producían al hacerlas vibrar. Descubrió que su teoría funcionaba perfectamente: los principios de la armonía musical se basaban en los fundamentos matemáticos del mundo natural.

Esferas celestiales

Los estudios sensoriales también pueden dividirse, por ejemplo, en cultura visual, cultura auditiva (o estudios sonoros), cultura olfativa, cultura gustativa y cultura del tacto, por no hablar del sexto sentido (sea cual sea su definición)
En la antigua Grecia, Pitágoras y sus seguidores pensaban que los cuerpos celestes hacían música. Este diagrama intenta representar esas teorías sobre la relación de la Tierra con otros planetas: una idea, basada en verdades físicas y creencias metafísicas, que permitía conocer el orden divino y poético del universo.
Pitágoras ya había descubierto el funcionamiento del tono musical por medio de la vibración. En su libro El Enigma de Fermat, el autor Simon Singh cita al erudito del siglo IV Iamblichus para describir este relato:
«En una ocasión, estaba absorto en la idea de si podría idear una ayuda mecánica para el sentido del oído que resultara tan segura como ingeniosa. Tal ayuda sería similar a las brújulas, reglas e instrumentos ópticos diseñados para el sentido de la vista. El sentido del tacto también disponía de balanzas y de los conceptos de pesos y medidas. Por un golpe de suerte divino, pasó por delante de la fragua de un herrero y escuchó cómo los martillos golpeaban el hierro y producían una variada armonía de reverberaciones entre ellos, excepto una combinación de sonidos». (14)

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